24 de enero de 2014

Las mil y una noches de 'Pacho' Maturana


Se crió con los cuentos de Las mil y una noches. Se enterneció con los poemas de Benedetti. Jugó altivamente al fútbol y lució seis veces la tricolor. Como estratega, cambió para siempre el destino de la pelota en Colombia y, de paso, el modo de vivir y de sentir de nuestros futbolistas, les enseñó a vestirse e incluso les sugirió no salir con mujeres feas y –por nada del mundo– ir a un prostíbulo. Es 'Pacho' Maturana, el maestro espiritual de un movimiento artístico sencillamente inolvidable: la selección Colombia de todos los tiempos.

 

¿De dónde salió su fama de filósofo? ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?
Cuando mi papá llegaba por la noche, agotado, todo era un cúmulo de cultura. Había premio especial para el hijo que respondiera las preguntas de la mitología griega. ¿Qué hizo Ulises? ¿Cuál fue la bruja que encantó con los cantos de sirena? ¿Cómo se llamaba el perro tal…? El que ganaba, se llevaba unos pesos en efectivo. Luego, el viejo nos leía los cuentos de Las mil y una noches y todo era fantasía.Ahí se sembró todo. Después vinieron otras lecturas: Mario Benedetti y Eduardo Galeano.
¿A qué edad llegó a Medellín?
A los ocho años.
Y llegó a Los Alcázares, un barrio futbolero por excelencia…
Un barrio determinante en mi vida. Todo era fútbol. Recuerdo que me sentaba a ver caminar a Óscar López (leyenda del fútbol antioqueño). Luego me decían: “ese que va allá es Mallita”. Y después pasaba don Bernardo “Cunda” Valencia y uno, como niño, pues se babeaba.
¿Quién fue su ídolo?
Julio “el Chonto” Gaviria. Yo lo esperaba en la puerta de su casa y le llevaba el maletín hasta entrar al estadio.
¿Cómo se hizo hincha de Atlético Nacional?
Yo tendría nueve o diez años, por allá en el año 59 o 60. Mi papá me llevó a un clásico y ni modos de decir que estábamos en preferencia. No, estábamos en “Korea”, la tribuna donde te apagaban el cigarrillo en la nuca. Cuando salió Nacional, se sintieron los aplausos. Y cuando salió Medellín, tronó la pólvora y, para qué digo mentiras, pero a uno de niño, le da miedo y terminé inclinándome más por el verde.
¿La idea de un hijo futbolista hacía sentido en su casa?
No. Mis papás tenían bien clarito que había que estudiar. En ese tiempo decir que un hijo iba a ser jugador de fútbol, era decir “desheredenme”. De hecho, si mi mamá se daba cuenta que yo estaba jugando con los zapatos que le habían costado tanto esfuerzo a mi papá, había serios problemas. Un día, incluso, dejé los zapatos en la portería, para no gastarlos. Esa tarde jugué descalzo y se los robaron. Recuerdo que me quedé ahí hasta que anocheció, pensando qué iba a decir. Cuando llegué a mi casa me castigaron, me pegaron y me dijeron que ya no volvía a jugar más. Entonces me tocó el fútbol a escondidas.
¿Cuándo empezó a jugar en serio?
Como a los 13 años. En el Liceo Antioqueño, donde estudiaba, apareció un señor Julio Ulises Terra, que me echó el ojo, y me dijo que era el técnico de las divisiones inferiores de Nacional.Yo jugaba en un equipo que se llamaba Sulfácidos y Repuestos y, un día cualquiera, vi en el periódico que mi equipo se convertía en las divisiones inferiores de Nacional y así fui pasando de categoría en categoría.
¿Es cierto que fue porrista de Nacional?
Sí. Éramos como 40 muchachos que, la verdad sea dicha, nos daban la entrada al estadio, a preferencia, para ir a cantar porras: “Viro, viro, viro, ra, ra, ra, qué ritmo Nacional”. Y todos vestidos de blanco y verde.
¿Qué tan cierto es que usted no quería ser futbolista sino, decididamente, un odontólogo?
Yo jugaba bien al fútbol, pero quería terminar mi carrera de odontólogo por sobre todas las cosas. En el año 72, después de haber estudiado, estaba esperando a que me adjudicaran el año rural. Tenía 23 años y todavía no había debutado en primera.
Y debutó en 1973 y salió campeón del fútbol colombiano…
Eso fue un sueño. Nacional llevaba años, casi dos décadas, sin ser campeón y yo era el menor de una banda hermosa: Raúl Ramón Navarro, “el Alemán” Moncada, “Comanche” Salgado, Teófilo y Víctor Campaz, Abel Álvarez y Hugo Horacio Lóndero, entre otros. Jamás me imaginé salir campeón. Es que yo quería terminar mi carrera y la verdad quería irme a un pueblo a hacer mi rural, hasta que un amigo me dijo: “Dejá de joder y más bien le pedís al Nacional el equipo de odontología y montás aquí el consultorio”. Y así hice; hasta diseñé el mueble, rojo y todo, y monté mi consultorio en un edificio en la avenida oriental.
¿Y atendió a varios de sus compañeros de Nacional?
A Raúl Navarro y a su familia. Y a otros más, claro. Incluso me llevaron a un niño de apellido Fajardo, ¡“el Bendito” Fajardo! Lo descubrí con la boca abierta. Los niños querían que los atendiera “Pacho”, el jugador de Nacional.
¿Por esos años empezó a nacer el “fundamentalismo” paisa?
Esa carreta nos la inculcó Humberto “el Tucho” Ortiz. Él decía que a nuestros abuelos –y ojo que mis abuelos son del Chocó–, les había tocado muy verraco en la montaña, de arrieros. Decía que a los del Valle les había tocado fácil porque todo era planito y que a los de la costa, también, porque cogían el pescado facilito. Entonces nosotros nos hacíamos matar por Antioquia.
Esos años de formación con Nacional llegaron a su punto más alto con el técnico Zubeldía, en 1976. Y se vino el tercer título verdolaga…
Osvaldo Zubeldía no fue mi profesor, fue mi compañero. Además, en su época, vino el mejor central que he visto en el mundo: Miguel Ángel “el Zurdo” López. Ese tipo me abrió al mundo: campeón del mundo y de América con Independiente y, fuera de eso, bohemio a muerte.

Todos sus contemporáneos dicen que usted vivió con intensidad la noche. Imposible negarlo, ¿no?
Una vez nos llevaron con el Zurdo a un programa de radio por la noche que hacían en el bar Añoranza. Después del show, nos quedamos bebiendo y él empezó a contarme su vida, a explicarme el tango del cual él había sido parte como bandoneonista. Me explicó el significado del lunfardo y me habló de los caballos. Ahí nació mi afición por los caballos. Y desde ahí empezamos a beber en forma, pero igual me decía: “Llegas de primero al entreno y te vas de último y si no, no vuelves a beber conmigo”. Luego vino Zubeldía y ahí fue cuando comenzamos a correr más en la cancha. Así empecé a parar la rumba el miércoles. Había otros que si la seguían toda la semana, de lunes a lunes.
Y con Zubeldía también compartió la afición por las carreras de caballos…
Él era amigo de Julio Arrastía y de Gonzalo Amor y de todos esos argentinos que les gustaban los caballos. Así que yo entré en ese mundo y, con Zubeldía, nos íbamos para San Silvestre, para Santa Lucía. El caballo me permitió ascender a un estatus que yo no me podía ni imaginar: me codeaba con los dueños del DIM, los Bedout, los Echavarría, en fin… Incluso nos íbamos el sábado temprano al hipódromo de Bogotá y volvíamos por la noche.
¿Es cierto que una vez casi le mete la mano a Zubeldía?
Sí, en Barranquilla, en el infierno del estadio Romelio Martínez, con el Junior encima. Y yo veía que Zubeldía se paraba en la raya y me gritaba. Y yo no le entendía ni mierda. Solo le oí: “¡Estás cagado!”. Así que, en el intermedio, en el camerino, yo le dije: “¿Cómo así que estoy cagado?”, y el hombre se me vino. Y yo de lo caliente que estaba le iba a meter la mano, pero los muchachos lo agarraron a él y a mí me echaron hielo en la cabeza. Y yo decía: “échenle a ese güevón, también, que está más caliente que yo”. El caso es que me devolví a la cancha a ver si estaba “cagado” y me paré en la mitad del estadio a que me putiaran, a ver cuál era la güevonada.
¿Cuál fue la gran enseñanza de Zubeldía?
Dos cosas: la importancia de la condición física y la profesionalización.
¿Quién sembró en usted la gran revolución táctica?
Son tres: José Ricardo De León, Luis Cubilla y Juan Martín Mujica. Ellos le dieron el verdadero contenido táctico al fútbol de Colombia. Nuestro balompié no tiene semillas en la escuela de Estudiantes, que es Zubeldía. El fútbol colombiano tiene su contexto en Uruguay, porque Cubilla fue el alumno aventajado de De León.
¿Podría decirse que esa excelente generación, subcampeona de América en 1975, se perdió por la poca profesionalización?
No estoy seguro. Lo que sí sé es que Zape, Henry Caicedo, Eduardo Retat, Osvaldo Calero, Willington Ortiz, Diego Umaña, Jairo Arboleda, “Pocillo” López, “Pecoso” Castro o Ernesto Díaz, todos ellos serían titulares hoy en Colombia, pero muy poquitos de los de hoy serían titulares en esa época.
Después de Nacional usted pasó a Bucaramanga y terminó en el Tolima. ¿Por qué salió de su casa que era Nacional?
Yo vivía con mi mamá y estaba cansado de entrar en puntillas y oír: “Pacho me vas a matar, no me has dejado dormir”. Así que a los 29 años decidí cambiar de ciudad para empezar a vivir sólo. Esa es la razón. Además, coincidió con que, en Bucaramanga, me plantearon la posibilidad del año rural en un pueblito que se llama Tona, que nunca lo conocí, porque oficié como odontólogo del pueblo pero comisionado en Bucaramanga. Antes de ir al estadio pasaba por un centro de salud, cogía una profilaxis y así hice mi rural. Lo que finalmente quería.
Y luego se despidió del fútbol en un gran Deportes Tolima…
Gallego, Maturana, Carrillo, “el Nene” Quiñones, Jaime Múnera, Víctor Hugo del Río, Isaza, Iguarán, Zapuca, Janio Cabezas, un equipazo... Apenas duré seis meses. Luego volví a Medellín a hacer mi carrera odontólogo. Y atendí una clínica infantil.
En 1983 llegó a Medellín Luis Cubilla y así comenzó a forjarse su destino como gran técnico…
Él también fue mi paciente y allá, en el consultorio, me dijo: “Volvé al fútbol, te necesito”. Yo le dije que había colgado los guayos. “Entonces por qué no me ayudas en el equipo; vos tenés ascendencia. Además te estás engordando. Necesitás el fútbol”. Así que agarré el equipo de los pelados de 16 años: ahí estaban René Higuita, Edison Álvarez, Carlos Álvarez, entre otros…
¿Cubilla lo hizo estudiar?
Me dio su libro de táctica, el de Zubeldía, el de Bilardo, el de Menotti. Todas las escuelas y matices. Me citaba en su casa, sacaba libros, tomábamos whisky y me hacía aprender, todas las noches, una táctica diferente.
Y usted claramente se fue por la escuela del goce...
Sí. La escuela del disfrute con la trampita para recuperar el balón; porque el que no tiene el balón, sufre; y el que lo tiene, goza. Así empecé a ganar todo con esos pelados. Luego Cubilla se va y se queda Aníbal el Maño Ruiz, que era el mismo cuento. Y la misma historia, pasar por la casa de él, hablar de fútbol y tomar whisky: decía que siempre hay que tener un amarillo debajo de la cama. Hasta que un día, en mi consultorio, me llama Wbeimar Muñoz y me dice que me está buscando un señor de Manizales. El tipo en efecto me llama y me propone entrenar al Once Caldas.
James Mina, Ricardo Pérez, Alexis García, “el Pocillo” López (de 10) y Rubén Darío Hernández, entre otros. Ese Once Caldas de 1986 era una banda que tocaba sabroso…
Mi idea fue la libertad. Lo único que hice fue ponerlos a todos en el sitio apropiado. Ese Caldas fue un grito de libertad. “¡Vamos a jugar, qué h.p.!, perder o ganar es una posibilidad, pero vamos a intentarlo”.
Y en el 87 lo llamaron al Nacional. El salto a la fama. ¿Con qué idea arrancó?
Con dejar a Condorito a un lado. Les di poesía. Vamos a leer a Mario Benedetti, les dije.
¿Y quién le hizo caso?
Alexis García, que es un tipo leído y culto. Luego les dije: “Vamos a mejorar el trato y vamos a andar bien vestidos”, porque cuando estás achilado, juegas achilado. Luego les dije: “¿Cuál es el tema de estar por allá donde las putas o en hoteles chimbos?”. Y no era de prohibir. Les insistí: “Si ustedes van a un sitio malo, todo el que los ve, los va a aventar. Pero si ustedes van al Inter, o a la discoteca del Inter, nadie los va a ‘sapear’”. Y les inculqué: “Si vas a salir con una hembra, hermano, que sea una buena hembra”.
¿Esa fue una gran idea para el fútbol colombiano?
Para mí sí. Cuando fuimos a jugar contra el Milán yo les señalé: “Mirá la novia de Maldini, es presentadora de t.v.; mirá la novia de Gullit, es otra presentadora tesa de la televisión”. Fue darle estatus al futbolista.
En 1987, sorpresivamente, fue nombrado técnico de la selección Colombia. ¿Cómo llegó ese momento?
León Londoño y Arturo Bustamante decidieron imitar el proceso de Holanda que tenía ocho jugadores del Ajax. Ellos dijeron, si allá lo están haciendo, por qué no lo podemos hacer acá.

En 1987 y 1988 comenzó la polarización del fútbol en Colombia. Maturanistas y antimaturanistas. ¿Cuál es la génesis de todo eso?
Nacional tenía a Leonel Álvarez y Millonarios tenía a Eduardo Pimentel. Ese fue el comienzo de todo, porque al ídolo de Bogotá no lo llevé a la selección en el 87. Y no porque fuera X o Y, sino porque me pareció un ejercicio natural y de simplicidad llevar a uno igual de bueno que entrenaba todos los días con la base de la selección. Una vez el maestro Tabares dijo: “La única selección que puede entrenar todos los días en el mundo es Colombia, porque su base es Nacional”.
¿Todo parece indicar que siempre le molestó que lo acusaran de “rosquero”?
Sí, porque, por ejemplo, sacrifiqué a un excelente jugador como Alexis García para llevar al Mundial a Redín que era el obvio complemento del Pibe. Y luego aparece Rincón. Entonces no había rosca de ninguna índole.
¿Es cierto que usted escogió Bogotá para la final de la Libertadores de 1989, solo para sacarse la espina de las críticas de la capital?
En cierta manera. La prensa de Bogotá nos dio muy duro y yo les dije a los muchachos: “Allá nos van a tener que aplaudir, allá nos van a ver dar la vuelta olímpica”.
¿Qué fue lo que más le impactó de clasificar a un Mundial?
Recordar que 28 años atrás yo estaba en primero de bachillerato, en el Liceo, oyendo en la radio el partido de Colombia contra Rusia. Yo me aprendí el cuarto gol del empate que narró Jaime Tobón de la Roche. Todos los niños bajamos de Robledo gritando de la dicha. Me impactó verme como parte de esa historia.
¿La Selección del 90 fue su equipo más bello?
La gente habla del equipo del 94, pero a mí, personalmente, me gusta más el del 90. Eran más tácticos, más disciplinados, menos creídos. El del 94 tenía más individualidades, pero el del 90 era más colectivo.
¿Es cierto que antes del Mundial usted llamó a varios técnicos campeones del mundo, a ver qué tenía que hacer?
Sí. Les pregunté a Menotti, a Bilardo y a Beckenbauer: “¿Qué tengo que hacer?” Beckenbauer me dijo: “Con ustedes no va a pasar nada. Tienen un buen equipo, pero no tienen historia”. Y yo le dije: “Pero cómo que no tenemos historia, si llevamos como 17 partidos sin perder”. Y me enseñó una cosa que valoro mucho: “Historia es aquella cosa que hace que en el momento complicado usted no dé el ciento por ciento, sino el 120, y esa historia no se consigue jugando, se consigue viendo”. Y me explicó: “Usted va a Brasil y cualquiera tuvo un hermano o un primo o un vecino que jugó un Mundial. Dígame, su figura, Iguarán, ¿a quién vio jugar en un Mundial? ¿Y Rincón?, ¿y Valderrama?”. Y así es. Aquí hay jugadores de la Sub-17 que no saben quién es Asprilla.
¿Y Colombia no dio el ciento por ciento?
Cuando ya estábamos afuera de Italia 90, yo le pregunté al Pibe: “decime ¿en qué porcentaje estuviste vos acá?” Y me dijo: “Por ahí en el 50”. Y así con otros que me contestaron: “En el 40 % o en el 30 %”. Nadie pasó del 50 %. Era coherente que me dijeran que no teníamos historia.

Su paso por el Valladolid casi lo lleva a dirigir el Real Madrid. ¿Es verdad que alcanzó a firmar el contrato?
Sí, yo firmé el contrato y hasta pedí nuevos jugadores, pero tenía que esperar a que terminara la temporada. Lo que pasa es que, mientras tanto, el Madrid tuvo que llamar a Radomir Antic para salvarse del desastre. Y él sacó 19 de 20 puntos posibles. Y se quedó. Ellos fueron muy correctos y me dijeron: “quédese como mánager”. Y yo dije: “yo no sé hacer eso”. Me ofrecieron una indemnización, y yo dije: “pero de qué, si yo no he entrenado ni un minuto”.
Se van a cumplir 20 años del 5 de septiembre de 1993, el día que Colombia le ganó 5-0 a Argentina.
Solo puedo decir que fue el resumen de todo un historial de entrenamientos, de partidos, de coincidencias, de un ambiente espectacular, de unas eliminatorias bien llevadas. Pero ojo, el 5-0 fue un partido complicado. Empezando el segundo tiempo, con el 0-1 a favor, Óscar Córdoba era la figura. Luego todo salió redondito. Y luego me di cuenta de que fue una gesta importante. Ese 5-0, más allá del resultado, fue como una venganza de muchas partes. En alguna ocasión yo iba caminando en Nigeria y estaban unos “peladitos” jugando. Yo me quedé viéndolos y uno me dijo “Maturana, Argentina cero, Colombia five”.
El tema es que a Argentina le fue mejor en el Mundial del 94 y Colombia volvió con el desastre deportivo y la tragedia nacional: un jugador muerto.
El fútbol es de tiempos y Faustino Asprilla no era el mismo, venía de una lesión; “el Tren” Valencia venía de estar no sé cuánto tiempo enyesado; el Pibe se jodió contra Suecia. El 5-0 fue un gran momento y USA 94 fue un gran mal momento. ¡Ojo!, en 2002, Argentina llevó tal vez la mejor selección que yo he visto en toda mi vida. Ese equipo ganó las eliminatorias galopando y, en la primera ronda del Mundial, salió como nosotros. Todo lo que sube baja. Otra cosa que pasó es que en Colombia tenés que saber que no podés desligar al fútbol de su contexto social y ese fue un momento jodido: muerto por aquí, muerto por allá; amenaza por aquí, amenaza por allá.
Y está ese oscuro episodio en que el Cartel de Cali se llevó a la selección a una de sus fincas para ofrecerles diferentes sumas de dinero a los jugadores si avanzaban en el Mundial.
Yo no me acuerdo de haber estado con la selección con los Rodríguez. Yo sí me acuerdo que una vez me invitaron a la Federación, por la noche, a un acto donde estaba Nicolás Leoz, Julio Grondona, quienes vinieron, expresamente, a condecorar a Miguel Rodríguez como benefactor del fútbol de Suramérica. Y le colgaron una “güevonada”. A eso sí me invitaron a mí. Pero con los jugadores, no. Supe que a los jugadores los reunieron y que había una plata para el que hiciera el número 10, que era Samper. Eso sí sé yo. Pero no fueron a todos. Óscar (Córdoba) fue el primero que salió con ese cuento, y creo que “el Pibe”, después. Ellos escogieron a dos o tres jugadores que eran los que hacían la campaña para el número 10. Pero no fue toda la selección, que yo sepa.
Y de nuevo a España, al Atlético de Madrid…
Cuando empezó la Liga le metimos seis al Valladolid. Entonces vino la tragedia: Pirri fue el primero, fractura de tibia y peroné; Simeone, fractura de clavícula; después, Caminero, ruptura de no sé qué güevonada. Ahí se acabó el proyecto.

La selección de Ecuador fue un gran aliciente para su carrera. Volvió la fama, ¿no?
Estuve de 1995 a 1997. Repetí cosas que hice con Colombia: primera vez que Ecuador le gana a Argentina, a Uruguay, a Paraguay. La manera como el pueblo se envolvió en el proyecto ayudó mucho. Fue un sentimiento colectivo. Luego siguió el Bolillo y luego Luis Fernando Suárez.
Y se viene a Millonarios. ¿De verdad que fue el peor error de su vida, como lo ha dicho?
Sí. Fue la más mala decisión que tomé en toda mi vida. Fue una zancadilla del ego porque dije: “Hijueputa, dirigir los tres más grandes de Colombia y de pronto quedar campeón con ellos”. Pero no. Cuando llegué a Bogotá, me encontré con que Los Comandos me visitan en la sede con pancartas e insultos. Me di cuenta de que eran pelados de 16 y 17 años que nacieron odiándome, porque yo era el enemigo público de ellos a finales de los ochenta. Y nunca lo perdonaron.
Y aparece Costa Rica...
Con ellos gané la copa UNCAF. Suficientísimo. Entonces en el camino apareció Perú. Todo un sueño porque, con esos jugadores que tienen tradicionalmente, sin embargo, hay mucho insulto y el jugador no se siente amado.
Vuelve a la selección y sale campeón de América con Colombia, en 2001.
Murillo, “Totono”, Giovanni Hernández, “Aristi”, Bedoya... Nadie habla de esa gente dentro de la lista de la tal generación espontánea. Y mire usted, esos fueron los muchachos que ganaron el título más importante del país.
¿Qué imagen cultural le quedó impregnada, tras su primera experiencia en Arabia con el equipo Al Hilal?
Que conocí lo que mi papá me contaba de Las mil y una noches. Un día dijeron que no se podía salir porque venía una tormenta de arena y yo me dije: “No me voy a perder esto”. Y arranqué para el desierto. Y cuando vos empezás a mirar esa tormenta de arena, empezás a ver que las nubes son rosadas y a ver en ellas el genio que habita ahí, envuelto ahí. Y los truenos vienen y van, y vos ves que la nube ya es roja. Y ves la pelea de los genios. Y al final gana la noche y las estrellas brillan. Y el carro termina vuelto mierda y uno también, pero, ¡qué experiencia!
Y del desierto a la selección Colombia, por cuarta vez. ¿Es cierto que salió por la puerta de atrás?
Literalmente. Carlos Antonio Vélez y todos los demás periodistas pidieron mi cabeza cuando perdimos contra Venezuela por las eliminatorias a Alemania. La idea era sacar a “Pacho”. Después vino Argentina y antes de ese partido yo ya estaba echado. El Bolillo me llamó y me dijo que le habían ofrecido la selección a él. Cuando volvimos a la concentración, cada uno cogió su maleta y se fue. Nadie me dijo nada, ni siquiera me dieron un vehículo. Terminé en la calle echando dedo. Unas personas me recogieron y me llevaron al aeropuerto. Así terminó mi vida como director técnico de la selección.
Colón de Santa Fe, en Argentina; y de allí a Gimnasia y Esgrima de la Plata. ¿Dirigir en Argentina fue otro sueño cumplido?
Allá me di cuenta de que Colombia no existía en el fútbol. Hoy, internacionalmente, Colombia tiene un momento de esplendor. Pero antes nosotros no existíamos. ¡Que un técnico colombiano dirija en Argentina, eso es muy jodido!
Y después dirigió Trinidad y Tobago y luego de vuelta a Arabia, al All Nassar.
Es la hinchada más grande de Asia. Me empezó a ir divinamente, pero el príncipe se enloqueció y empezó a comprar jugadores carísimos. Al final trajo cinco jugadores, y el club quedó con un déficit el verraco. Los directivos me dijeron: “Pacho, nosotros no podemos seguir aquí, no le respondemos a usted por su plata, nos vamos”. ¿Y qué me quedaba?, irme.
¿Es cierto que allá todo se maneja con un maletín en efectivo?
Un día el príncipe me llegó con un maletín con 600.000 euros y me dijo: “Váyase a hacer la pretemporada en España. Esto es para el hotel y para todo”. Estuve un mes y pico con el equipo en La Montaña, un sitio cerca de Barcelona, junto a la casa de Johan Cruyff, quien iba a los entrenamientos a conversar conmigo de fútbol.
¿Es verdad que desde hace más de veinte años usted se reúne con un combo de técnicos italianos para hablar de fútbol?
Sí, con Arrigo Sacchi, desde que nos conocimos en Tokio en 1989. Cada año vamos a las montañas al norte de Italia y allá van Anchelotti y otros. No dejamos entrar a las mujeres. Vamos a hablar solo de fútbol.
Cómo es la vida de un miembro del comité FIFA, cargo que ha desempeñado usted desde 2001.
Vos vas a un campeonato y hacés un reporte sobre cuál es la actualidad del fútbol mundial en esa categoría. Un reporte que la FIFA se encarga de mandar a todas las federaciones. Vas a donde el entrenador de equis equipo y le preguntas todo: ¿cómo armó el equipo?, ¿a qué quiere jugar?, ¿qué dificultades tuvo? En fin. También doy cursos a entrenadores.

¿Usted tiene un lugar fijo en Suiza?
Digamos que sí. Yo llego a Suiza, tengo mi carro y mi chofer. Y ahora me acaban de nombrar en la Comisión de Fútbol, que es la comisión que habla sobre los problemas del fútbol mundial: fraude, doping, todas esas cosas. Ahí están Platini, Beckenbauer, Pelé, casi todos los veteranos.
¿Y qué hacen?
Hablar y hablar. Son cuatro reuniones al año: me han dicho que todos los que están ahí es porque han hecho algo grande por el fútbol.
¿O sea que usted está en las grandes ligas?
Creo que sí. Ahí está Bobby Charlton, Demetrio Albertini, un poco de gente que uno mismo se asombra.
¿Qué tiene que decirles a los que lo tildan de perdedor?
Yo tengo mis cositas que mostrar: una Copa UNCAF, una Copa América, una Copa Libertadores, una Copa Arabia, una Copa de Asia.
¿Cuál es o cuáles son sus partidos para enmarcar?
Hay tres: 1989, Nacional vs. Danubio (6-0); 1993, Flamenco vs. América (1-3). Y 1990, Colombia vs. Alemania (1-1).
¿Cuál es la frase más reciente que lo ha impactado?
Una me la dijo Guardiola: “Pacho, en el fútbol hay tanto que aprender; lo que pasa es que cuando sabemos bastantito ya estamos viejos”. La otra me la dijo Menotti: “Colombia va a volver, si se lo cree, porque tiene a Guarín”. Y sí, nosotros estamos enloquecidos con Falcao, y a veces, cuando uno ve a Guarín, cree que sí.
¿Colombia está lista para otro Mundial?
Hay un parentesco en la génesis de esta selección con la que me tocó a mí en el 93. Ya son más amigos que nunca, ya han sufrido, ya han llorado juntos, ya alcanzaron su madurez. No se puede triunfar sin un entorno calificado y ahora lo hay.
¿Pékerman fue un acierto?
Es bueno que haya venido Néstor: puso una distancia. Antes el técnico estaba hipotecado a recibir llamadas que había que contestar. Hoy hay un salto de calidad. No sé si a al Bolillo, por ejemplo, le hubiesen aceptado todo un equipo como el que trajo él.
¿Cuál fue la gran enseñanza del fútbol?
Me la dijo un príncipe en Arabia. “De qué te preocupas si los problemas son como las nubes y las nubes pasan. A veces se demoran un poco, pero pasan. No existe el problema eterno, Pacho”.

Por: MAURICIO SILVA GUZMÁN.
Fotos: Romi Díaz.

“El futbolista mejora cuando es perdonado y querido” Marcelo Bielsa

fuente: http://ivanero9.wordpress.com/page/2/

 Si por algo se distingue Marcelo Bielsa es por sus ideas y por su particular modo de comunicarlas.
A lo largo del último lustro, el entrenador del Athletic no dio entrevistas, pero ofreció numerosas charlas en las que expuso su camino, sus inquietudes. A continuación se ofrecen extractos de sus conferencias en el Club Náutico Quilla de Santa Fe (Argentina) y en la Universidad de Valparaíso (Chile).

- Amor y perdón. “Hay algunas cosas que me sirvieron. La religión, especialmente la católica, tiene cuatro ejes antagónicos. Culpa y castigo; amor y perdón. El castigo está más en la superficie que el perdón y la culpa está más en la superficie que el amor. Con el tiempo me fui dando cuenta de que perdonar y querer al futbolista lo mejora”.

- Coincidencia. “Las palabras respeto y afecto, aquí, funcionan como sinónimos. Viví cuatro años en Chile. A los chilenos les va bien como país. Y les va bien por algo que los argentinos, que somos confrontativos, describiríamos como hipocresía y falsedad, que es ponerse de acuerdo, que es soslayar las diferencias con el otro. Para ir en un mismo sentido hay que tener un margen mínimo de coincidencia”.

- Quiero que me quieras. “Como todo ser humano, lo que dice el futbolista es: ‘Quiéreme de verdad. No solamente para que gane. Yo quiero que me quieras para poder ganar, no quiero que me quieras porque gané’. A todos nos taladra ese que cuando vas a la cancha te dice: ‘Hay que ganar’. Y te genera un fenómeno interior de tener que responder a las expectativas de todos. Dices: ‘¡Puta!, ¿cómo voy a tener que ganar?”.

- Desarrollo. “Los países desarrollados se caracterizan porque comparten la pobreza. Los equipos de fútbol desarrollados son los que reparten el trabajo sucio”.

- Resiliencia. “La resiliencia es la principal virtud de un jugador. Es la virtud que tiene un cuerpo de recuperar la forma original después de haber sidodeformado. Los grandes jugadores superan inmediatamente el dolor de la derrota o cualquier dolor que le produzca el juego”.

- Uniformidad. “Los que tenemos que gobernar colectivos queremos que todos los jugadores sean iguales. Estamos en contra de los diferentes. Pero hay partidos de 0-0 en los que en el minuto 90 les pides a los jugadores: ‘Inventen algo’. Y te miran diciendo: ‘¿Toda la semana uniformados y en el minuto 90 de un 0-0 inamovible hay que ser diferentes?’. Ahí empiezas a entender lo imprescindible del diferente. No basta con tolerar al distinto. Es indispensable respetarlo… Y lo digo yo, que los tolero, no los respeto. ¡Pero sé que debo respetarlos! ¿Con qué condición hay que incluir al distinto? Que no arrastre a otros”.

- Reglamento. “Interpreto el reglamento como un arma que asiste al juego para que haya armonía y para que la dedicación esté puesta en tratar de superar al rival. El juego fue creado para superar al rival de acuerdo con la belleza de los elementos que tiene el juego y no para observar el reglamento buscando perfiles que nos permitan superar al rival, pero no con la legitimidad de la esencia del juego. La esencia del juego es el gesto al servicio de la belleza”.

- Pase y ‘gambeta’. “Eliminar al rival a través del pase es el sustituto a la gambeta. Cuando uno no puede gambetear porque no tiene talento, gambetea a través del juego asociado. No es tocar y picar. No es sucesión de vértigos. Hay una estación intermedia”.

- Regreso. “La falta de regreso al ser eliminado en una gambeta es una cosa que el futbolista no tiene incorporado. Hay que desarrollársela. Nosotros estamos acostumbrados a pedir ayuda, pero estamos menos acostumbrados a darla después de recibirla”.

- Emotividad. “Siempre les digo a los jugadores que hay que estar ‘cerca y dispuesto’. El fútbol es fundamentalmente un hecho activado por la emotividad. Todo esto se logra entrenándolo, pero no es necesario entrenarlo si los jugadores están entusiasmados. Estas cosas se hacen para cuando los futbolistas no tienen ganas”.

- Pared. “La pared es una forma de eliminar rivales que necesita la complicidad del que defiende: el defensa es cómplice porque originalmente está más cerca del lugar al que va la pelota que el destinatario de la devolución”.

- Pase. “La forma de comunicación a través del pase tiene 36 formas posibles”.

- Desmarque. “¿Cómo se aprende a enseñar a desmarcar? Viendo a los que se desmarcan bien muchas veces y sacando la matriz, el eje, la huella que identifica el movimiento. Por ejemplo, el desmarque Orellana. Le pusimos así porque lo aprendimos de él. Orellana es frágil y la pide antes y la recibe después. Porque, si la recibe antes, como tiene poco peso, sufrirá más la patada. Es la naturaleza la que enseña. La cultura de los que tienen es distinta de la cultura de los que no tienen”.

- Programa. “Los futbolistas, en la actualidad, no están formados con la estructura de un programa y esta cuestión va en contra del desarrollo del talento. La formación silvestre, natural, es la mejor de todas. No tiene normas y los jóvenes la ejecutan espontáneamente. Pero eso ha dejado de ser posible porque para que la formación natural se concrete hay que disponer de cinco horas diarias libres durante un periodo de cuatro a seis años. Hay continentes que siguen dando futbolistas porque se produce lo que hace falta: lugar, tiempo y amor por el juego”.



22 de enero de 2014

Fútbol: La importancia del entrenador

Francisco Cárdenas | Miércoles 1 de enero 2014 - 8:09 hrs

Para ser un buen entrenador hay que estar dispuesto a asumir la responsabilidad grupal completa. Tener convicciones fuertes y una propuesta atractiva. Trabajar, despojarse de los complejos y entender que el error es parte del juego.


El fin de la temporada futbolística trae múltiples rumores respecto del destino que tendrán los jugadores que brillaron o no en el campeonato anterior. Se suelen hacer balances expresos y juicios ligeros. Uno que valía cien ahora cuesta uno y viceversa. Olvidamos que a ningún futbolista se le olvida jugar de un semestre a otro y que tampoco aparece por generación espontanea algún talento fugaz. El fenómeno ocurre en todos los niveles, es cierto, pero pensemos por qué.

En casi todos los equipos del mundo, profesionales o no, siempre hay una figura de autoridad que ejerce la ingrata pero atractiva tarea de decidir que jugadores ingresan al juego, la disposición de los mismos en la cancha y las pautas que regirán la búsqueda del triunfo deportivo.

En la practica amateur, en general los jugadores terminan haciendo lo que quieren y lo planeado no resulta. Además las indicaciones suelen ser poco claras y los jugadores no logran entender las funciones individuales planificadas. Ni hablar de entender los movimientos de posicionamiento colectivo. El resultado termina siendo producto del azar o de los éxitos individuales de los jugadores por sobre cualquier táctica imaginada. El entrenador no es directamente responsable del rendimiento de sus jugadores pero si lo es del devenir grupal y de la audacia, mayor o menor, de la propuesta colectiva.

A nivel profesional la cosa es diferente porque se agrega el valor monetario al tiempo invertido, los entrenamientos constantes, la planificación y el soporte institucional. En este nivel la responsabilidad del entrenador es altísima y es él, el gran culpable de los resultados obtenidos, del rendimiento individual y colectivo y de la calidad del diseño utilizado. Es cierto que los entrenadores necesitan tiempo para obtener resultados pero hay indicadores que revisados oportunamente, pueden mostrar el correcto desarrollo o no del proyecto.

La principal ocupación del entrenador debe ser obtener el mejor rendimiento de cada integrante del plantel y para ello debe existir una planificación formal del trabajo técnico y táctico. Los jugadores son el capital del club y por ello los equipos deben invertir en equipos técnicos que potencien a los jugadores y los enriquezcan profesionalmente, más allá de los resultados deportivos puntuales.

En el fútbol de hoy, en el que el tiempo suele faltar, cobra cada vez mayor importancia trabajar con equipos interdisciplinarios. Que permitan la evaluación física responsable y el trabajo con cargas diferenciales y personalizadas a lo largo de la temporada. Desde el punto de vista médico, resulta fundamental la correcta profilaxis y el descanso dosificado que pueda evitar lesiones y complicaciones físicas. También la inclusión de terapias o disciplinas alternativas a comenzado a cobrar un altísimo valor.

Muchos futbolistas consultados sobre su rendimiento mencionan la presencia o ausencia de confianza. Esa confianza se traduce realmente en la comprensión del sistema y de las funciones cumplidas en él, en la pertenencia a un proyecto y en la comprobación cotidiana de la utilidad y pertinencia del trabajo realizado. Cuando eso no se cumple el jugador suele desencantarse, baja su rendimiento y tiende a generar conflicto.
El entrenador debe ser capaz de hacer sentir importante a cada uno de los integrantes del plantel sin distinción del número de minutos disputados o el valor de su pago mensual. No hay titulares o reservas cuando todos son considerados en una competencia justa. La sensación de trabajar y mejorar aligeran la ansiedad de la banca y la competencia justa nos vuelve parte sustantiva del buen rendimiento del otro.

Para ser un buen entrenador hay que estar dispuesto a asumir la responsabilidad grupal completa. Tener convicciones fuertes y una propuesta atractiva. Trabajar, despojarse de los complejos y entender que el error es parte del juego. Ser arriesgado teniendo como fundamento un estudio sólido del rival en turno, de las fortalezas y debilidades propias. Además hay que ser capaz de transferir ideas y conceptos de manera clara y concisa. Fungir como contenedor de la ansiedad grupal. Transmitir confianza y mesura. Tener amor al trabajo y dedicación. Vocación pedagógica.

En otros ámbitos debe ser inductor de que el futbolista se comprometa más con la institución y con la responsabilidad de vestir la camiseta. De que sean capaces de comprender el juego y sus variantes. Que sepan enfrentar adversidades y disfrutar el triunfo respetuosamente. En fin, de que se formen bien antes de que deban tomarse, cada vez más rápido, el primer avión a cualquier parte.

FUENTE:
 

22 de noviembre de 2013

la charla en Argentina de Guardiola

Guardiola en Buenos Aires. Como hace 7 años, cuando vino en carácter de aprendiz para ametrallar a preguntas al Flaco Menotti y al Loco Bielsa. Ahora sólo estuvo un día, el 2 de mayo, y lo hizo de goma: arrancó a la mañana respondiendo las inquietudes de chicos de escuelas públicas, luego compartió un almuerzo con 150 personalidades del deporte, desde los técnicos de las selecciones argentinas de fútbol y básquet hasta futbolistas como David Trezeguet, más tarde habló ante un Gran Rex colmado por 3500 personas y finalmente cenó con el Flaco Menotti. Aquí, la transcripción casi completa de sus definiciones, vivencias y conceptos y algunas breves interpretaciones que nos permitimos hacer a modo de observación.

"Es un honor para mí estar en Argentina por segunda vez. Cuando vine hace 7 años jamás me hubiera imaginado hablar ante este maravilloso teatro. Quiero dar las gracias a la gente que lo ha posibilitado: César Luis Menotti y Marcelo Bielsa. Cuando ya había acabado mi carrera de futbolista y tenía deseos de entrenar, me trataron como un hijo, fueron generosos hasta decir basta”.
(A Bielsa, sobre todo, Pep le tuvo que decir basta, porque si no las 11 horas que llevaban de reunión en el campo de Máximo Paz, Rosario, amenazaban con prolongarse hasta el alba).

"En Qatar y en Roma compartí equipo con Gabriel Batistuta, y fue Bati el que me habló de las excelencias tan grandes como entrenador y como persona de Marcelo. Me recibió en Rosario muchísimas horas, me dio todo, creo que tenéis el deber, como pueblo contemporáneo, de reconocerles a Marcelo y César lo que han hecho no sólo por el fútbol argentino, sino por el fútbol mundial. Créanme que esta charla va para ellos. Ahhhhhh, y es la mía introducción. Ahora empiezo”.
(En sus primeros minutos de alocución nombró dos veces a Menotti y a Bielsa, que no por casualidad son la síntesis perfecta de su pensamiento futbolero: control de pelota, pase corto, triangulación, ataque sostenido, presión alta y achique hacia adelante por un lado; obsesión por el detalle, análisis exhaustivo del rival e intención por minimizar el azar a través del ensayo repetido de situaciones, por el otro. Luego volvería a nombrarlos varias veces más, ante la atenta mirada de Carlos Bilardo, que pagó su entrada de 1.200 pesos para ubicarse en las primeras filas. Bien por el Narigón, que fue a aprender y se la bancó como un duque).

"¿Por qué nos hicimos futbolistas? Pues para pegar una patada al balón (hace el movimiento con la pierna). Luego, viene todo lo demás. Para ser entrenador, las cosas que me motivaron y siguen siendo el motor de este oficio fantástico, maravilloso, son: la táctica y el tratar de convencer a los jugadores. No sabéis la fascinación que es intentar transmitir eso que tenéis en tu cabeza, teléfono por ahí (ante un ring no domesticado), para intentar convencerles”.
(El tic del chiste de entrecasa lo repitió con frecuencia, poniéndose a la altura del público, como si fuera uno más).

"Siempre he pensado que todos los chicos se hicieron futbolistas por el contacto con el balón. Tenemos el deber de nunca olvidar esto. Cuando jugaba en el barrio, yo quería el balón y luego atacar, y cuando me lo robaban, me molestaba. En esto sí soy muy egoísta, el balón lo quiero para mí, y si el contrario lo tiene, no le espero, se lo voy a quitar, que sepa que se lo voy a quitar, que voy a por él. Mis equipos son un reflejo. El balón lo quiero para mí, no espero que me lo entreguen, no espero el error, quiero provocar el error e ir a buscarles. Como entrenador, yo vivo más tranquilo cuando juego en el campo contrario que cuando lo hago en mi campo. Cuando estoy más cerca de mi portería tengo más miedo que cuando me acerco a la contraria”.


"Al final de mi carrera, estaba un día en casa, en Roma, viendo la televisión, con el mando a distancia en una mano y con la otra mejor no os lo digo, viendo y cambiando los canales de televisión sin ninguna intención más que pasar el tiempo, esas cosas que todos los intelectuales hacemos, y de repente me quedé con una entrevista. Era un señor que hablaba en italiano, pero no como un italiano (imita como hablaba). Ahí me dije: ‘Este no es italiano’, y como vosotros estáis en todos lados, evidentemente era argentino (risas). Era Julio Velasco, el entrenador del mítico equipo de la selección italiana de vóley, con la que ganó todo. Me quedé fascinado con las cosas que dijo y por cómo lo dijo. Y pensé: ‘A este tío lo tengo que ver’. Tenía tiempo, porque yo no jugaba nunca en Roma, y empecé a mover mis hilos para conseguir el teléfono, pero una vez que lo tuve en mis manos, me decía: ¿lo llamo o no lo llamo? Al final me decidí. ‘Señor Velasco, soy Pep Guardiola, me encantaría juntarme con usted a comer’. Y nos juntamos, del mismo modo que luego lo hice con Marcelo y con César. La gente del deporte tiene esas virtudes, que transmiten, que te regalan. Cuando entrenaba al Barcelona venían muchos a verme, y gente cercana me preguntaba ‘¿Por qué los recibes?’. Y les contestaba: ‘Hay que recibirles, a mí me han dado cosas, las ideas son de todo el mundo, joder’. Yo he robado lo máximo posible (risas)”.
(Al final, este Pep es como cualquier hijo de vecino: hace zapping por deporte, se rasca y se pone nervioso si debe llamar a un famoso).

"De todas las cosas que Velasco me dijo, hubo una que me quedó grabada: ‘La clave de todo es saber tocar la tecla’. Y me explicó: ‘Yo tengo jugadores a los que les encantan que les hable de táctica, 4 o 5 horas del bloqueo y tal y tal; pero hay otro al que después del minuto no le hables más porque no le interesa. A unos les encanta que les hables delante del grupo y hay otros a los que mejor llévatelos a tu despacho y diles lo que le tengas que decir’. Esa es la clave de todo y hay que encontrarla, porque no está en ningún libro. Es que es intransferible, por eso es tan hermoso nuestro oficio”.

"Cuando estaba en Barcelona y aún no había subido al primer equipo, Johan Cruyff entrenaba a Txiki Begiristain, que posteriormente fue la persona que me dio la oportunidad de dirigir al segundo equipo de Barcelona. Un domingo, después de un partido, Cruyff le dijo a Txiki: ‘Hasta el jueves no vuelvas’. Txiki le contestó que al día siguiente había entreno. ‘¡Hasta el jueves no vuelvas!’, le repitió. Txiki le obedeció y volvió el jueves, jugó el domingo y metió tres goles. No es que Cruyff le iba a decir lo mismo a otro y el domingo metía tres goles, porque estas cosas son íntimas. Aprovecho este ejemplo para ilustrar un poco el concepto de la tecla de Julio Velasco”.

"En mi primer año como entrenador, tenía un jugador al que necesitaba mucho, un jugador de nivel top, que no estaba jugando mal pero tampoco lo hacía bien. Me acordé de Velasco y acabado el entreno le dije: ‘Cuando termines de ducharte, sube a mi despacho’. Subió y le dije: ‘A las 7 te espero en el bar del hotel no sé cuánto’. Tomamos algo y hablamos. Sin nada preparado, conversamos de su familia y de la mía, nada de táctica, después pagué como buen señor que soy, y nos fuimos pa’ casa. Al día siguiente, ganamos 4-0 y metió tres goles. Vino después al despacho y me dijo: ‘Gracias, Míster’. Le contesté: ‘No, los goles los ha metido tú’. Es la tecla. Yo sabía que después de la charla haría un buen partido, lo sabía”.
(Primero: Pep tiene su despacho, como cualquier gerente. En la Argentina se usa poco. Segundo: su equipo no concentra, el día anterior cada uno se va a su casa).

"Ahora, ustedes dirán: ‘Este tío es un fenómeno, todas las teclas que toca, las clava’. Pero no. Recuerdo también una semifinal de Champions que habíamos perdido en la ida. La prensa especulaba con quiénes serían los centrales, aunque yo tenía clarísimo quién iba a jugar. Después de un entreno me acerqué a uno de los centrales en persona, uno de esos valientes que van al frente, y le dije: ‘Estoy dudando mucho quién va a jugar mañana’. Luego lo puse. Nos eliminaron y al cabo de un mes, este defensor me dijo: ‘Aquella vez me hundiste (risas). Yo me comía el mundo pero vienes y me dices eso, me hundiste’. La cagué. Así es la tecla: un tío metió tres goles y al otro lo hundí (aplausos y risas)”.
(Le gusta mostrarse un poquito como perdedor, modestia aparte).

"La tarea más difícil de un técnico, sea de fútbol o hockey, es que tratas con personas. Y todas estas personas quieren una sola cosa: jugar. Me lo enseñó Paco Seirulo, que es un sabio, una persona que he conocido a mis 15 años, cuando yo tenía un cuerpo más pequeño que hoy y empezaba a ir al gimnasio a ver si cogía un poco de kilos. Lo conozco de una vida, he trabajado con él en el juvenil del Barcelona. Y tiene una gran virtud: dice que la preparación física no sirve para nada. ¡Y es preparador físico! (risas). El me hizo ver que una de las grandes virtudes de los jugadores es que cuando están jodidos te lo hacen notar, es decir: están enfadados para que sepas que están enfadados, no por otra cosa. ‘Ahora le voy a enseñar al Míster que estoy enfadado’. Esto pasa muy a menudo con los que no juegan. Pues una vez un chico estaba entrenando mal, y nos pusimos a discutir, que no podía entrenar así. Y Paco me dijo: ‘No es que este chico está molesto contigo porque mañana los periodistas no le entrevistarán, es simple, está molesto porque no le quieres, está molesto porque ayer querías más al otro que a él’. Y tratar eso es la cosa más difícil de ser entrenador. Hay otra manera: no implicarse emocionalmente. Hacer el entreno, dar la formación y de ahí irte a tu casa, pero yo siento que los seres humanos, como todos los animales, necesitamos de acercamientos, de tocarnos, en buenos y malos momentos. Yo necesito la piel, necesito abrazarles y explicarles, necesito convencerles, no hay cosa más maravillosa que intentar meterles tus ideas en las cabezas a tus jugadores”.
(Un hombre sensible, lo definiría Alejandro Dolina. Del final de este párrafo se desprende la comunión entre Guardiola y sus dirigidos).

"Los jugadores que no juegan quieren que pierdas. Es así. ¿Arriba me oís? ¿No? Bueno, empiezo otra vez… (risas). Esas frases que dicen ‘vamos todos juntos a luchar, venga’ está muy bien para la foto, pero no hay nada. Yo he intentado que la idea les una”.
(Tremenda sentencia que derriba el lugar común de “todos tiramos para el mismo lado”).

"La línea de banda es el mejor defensor”.
(El delantero apretado contra la raya, tiene pocas chances de salir).

"Al área contraria se llega y no se está; y en tu área defensiva hay que estar y no llegar”.
(El Barcelona toquetea en tres cuartos, afuera del área, y de golpe se da la combinación por el medio, entran y definen. O sea: llegan).

"Yo no soy mejor entrenador que cualquiera de los que hay en este país, créanme, no lo digo por falsa modestia, lo siento así. Todo lo que sé, lo he aprendido, me lo han enseñado, lo he observado, lo he sentido y eso es lo que he intentado meterles en la cabeza a esta gente hasta que las sientan suyas. No es ‘chicos, hay que hacer esto’. No. Hay que hacer esto y argumentarles por qué lo hacemos para que lo sientan propio. Como jugador, lo que me daba más pánico era ir a jugar un partido sin saber qué iba a pasar, qué me iba a hacer el contrario. He intentado, desde el primer día que me metí en el filial del Barcelona, ¡donde estaba a-co-jonado! decirles siempre frente a un partido: ‘Señores, hoy va a pasar esto; y si hacemos esto, vamos a ganar el partido’. Evidentemente hemos ganado y hemos perdido, como todo el mundo, no soy en esto diferente a nadie”.
(Vamos Pep, que perdiste muy poco: 5 torneos de 20, contando el de Tercera División. Pese a ser una institución en el club por su carrera como futbolista, el día que arrancó como entrenador en la filial, le temblaron las patas. Y aquí se muestra más bielsista que nunca: saber todo del rival para minimizar el azar, nada de 'vamos a jugar como salga y no me importa lo que haga el otro').


"En Barcelona había un personaje llamado Charles Rexach, que ha sido segundo de Cruyff, una persona muy influyente en mi idea de ver el fútbol. No digo que esta es la buena, eso sí, ¡agárrenlo por favor! Eso sí que no lo soportaría: todo vale en el fútbol, todo, se gana de mil maneras, se puede convencer de mil maneras y todas son cojonudas. Lo único, que cada uno haga la suya. No puedes hacer ‘copiar y pegar’. En cualquier cosa de la vida. No es ‘voy a jugar porque Pep tal y tal’. No. Si no la sentís, pues la meteréis, la meteréis (la pata). Ahora, si la sentís como propia, hacedlo. Ser auténticos, esa es la que vale”.
(Mensaje urgente a la generación “copy-paste”).

"Rexach me contó que siendo jugador tenía un entrenador que le decía una cosa y que al año siguiente venía otro que le decía todo lo contrario. Se volvió loco. Esto pasó en el Barcelona durante muchos años. Vino Udo Lattek, un alemán, y se jugaba de tal manera, luego llegó Menotti y cambió todo, enseguida Terry Venables, un inglés que era el día y la noche con Menotti y luego vino la persona que entiendo es la más influyente de los últimos 25 años del Fútbol Club Barcelona, la persona que sin él esto tan impresionante no se hubiera dado y yo no estaría hoy aquí. La más influyente porque no visualizo a este Barcelona sin su llegada”.
(No lo nombra, porque le resulta obvio, y entiende que a la audiencia también le resulte obvio; se refiere a Johan Cruyff).

"Cruyff tuvo el coraje de decir ‘Vamos a hacerlo de esta manera’. Los que piensan que esto salía así nomás, no, no, no; esto es fatiga y trabajo, horas y horas y horas. Y campeonatos perdidos. Y él: ‘¡No, se va a hacer así!’. Y campeonatos perdidos: ‘¡No, se va a hacer así!’. Y de repente, los que estábamos ahí de pequeños, empezamos a escuchar cosas que entran por aquí (se toca el oído izquierdo), que algunas salen por aquí (se toca el oído derecho) pero otras se quedan aquí (se toca el techo de la cabeza), en la mollera. Y empezamos a escuchar que ‘el portero ha de parar pero es uno más, vamos a jugar con él’; empezamos a escuchar que ‘balón que sale bien jugado de atrás siempre acaba bien’; empezamos a escuchar que ‘cuando se empieza por izquierda se acaba por derecha’; empezamos a escuchar que ‘la gente que de aquí está bien (se toca la cabeza), que es brava, debe jugar por dentro’; empezamos a escuchar cosas así cada día, ‘que un pase hacia atrás es el mejor pase hacia delante’, ‘que los delanteros deben ser los primeros defensores y los defensas los mejores atacantes’. Y entonces se fichó a Koeman, el mejor central líbero que he visto yo saliendo con el balón desde atrás y generando superioridad en las zonas donde queríamos ser superiores, y escuchamos que ‘el portero al defensa, el defensa al medio, el medio al delantero y, si tienes culo, gol’ (risas)”.

"Algunas frases que he escuchado, no las creo. ‘Hay que correr poco, el que debe correr es el balón’, por ejemplo. No: aquí hay que correr mucho. Yo soy un poco menos romántico de lo que a muchos les parece”.
(Guiño a Bilardo, para compensar todas las menciones a Menotti).

"Con Cruyff aprendimos que cuando ganábamos nos felicitaban, pero al día siguiente nos explicaban el por qué carajo habíamos ganado. Y si perdíamos, estábamos más tristes, pero nos explicaban por qué habíamos perdido. Y mientras crecía, decía: esto me gusta”.
(Ohhh, dijo “carajo”, ¡qué horror!).

"Nadie es capaz de controlar enteramente el fútbol, porque es el juego más difícil del mundo. Primero, porque se juega con los pies, y aquí para tocar a las señoras se usan las manos, no los pies. Es el más abierto, el más indescifrable, pero que me dieran la oportunidad de entenderlo poco a poco es un lujo. Yo agarré de todo. De Barcelona me fui a Italia y agarré cosas; y luego me fui a México y agarré cosas: cómo salía con tres La Volpe y cómo le jugó a vosotros en el Mundial dominando el juego aunque luego ellos perdieron con un gol de Maxi López. Y de allí me fui a Qatar, y bueno, ahí… mejoré el swing (movimiento de golfista). Luego metí todo en una trituradora, hice el mix y las cosas se quedaron en mi cabeza. Y esas me pertenecen. En Barcelona robé, robé y robé; me fui a México robé, y si quieren robar de mí, róbenme, porque al final se juega para la gente, el juego es de los jugadores, la gente va a verlos a ellos, no a nosotros. Y robé y robé”.
(1.Te agarramos, Pep, el gol fue de Maxi Rodríguez. 2. El Bigotón estuvo en el teatro y fuentes bien informadas aseguran que todavía está ahí adentro: no pudo salir, no pasaba por la puerta del agrande que tenía. 3. No le teme a los titulares de los diarios: robar, robar, robar. ¿Quién dijo que es delito?).
Con 27 años ya sabía que quería entrenar en el futuro. Miraba partidos y decía: ‘Hoy podríamos hacer esto y lo otro’, el entrenador daba la charla y yo decía ‘estoy de acuerdo con esto y con esto otro, no’, ya empezaba a pensar como entrenador, pero luego intenté alargar lo máximo posible ser futbolista, que es un placer único e irrepetible”.

"Desde mi lugar dije: ‘De esta manera voy a tratar de convencerles’. Y ese es el placer mayor que tengo, que a través de la táctica y de entender qué hacen los rivales, ver qué puedes hacer tú para convencer a los tuyos. Al final, yo soy entrenador por el juego, por meterle al jugador: ‘Hoy va a pasar esto, esto y esto’. Luego, muchísimas veces no pasa, pero el placer de sentarme delante de un partido, ver al oponente, y mientras tanto imaginarte lo que vamos a hacer nosotros es lo que le da sentido a mi profesión. Es el mejor momento. Como futbolista, cuando le daba a la pelota; ahora es cuando imagino qué podríamos hacer para ganar un partido”.
(Confirmado: bicho de laboratorio total).

"Soy un fan de la salida de atrás. Me gustan mucho las cuestiones defensivas de los de arriba y las transiciones intermedias”.
(Talibanes del lirismo, abstenerse: “Defensa” no es una mala palabra).

"En México fui entrenado por una de las personas que más me ha ayudado a entender el juego, que es Juan Manuel Lillo”.
"Hay una razón que había escuchado: los buenos, para mí, tienen que jugar en el medio. Cuanto más buenos futbolistas tengas en el medio, más puedes pasarte el balón. Por eso hemos cambiado a Messi del costado derecho al centro. Cuando tienes uno más en el medio siempre tienes más control para atacar y para defender. Otros dirán: ‘esto no sirve para nada’, y pueden tener toda la razón del mundo. Yo, con todo el mix que hice en mi cabeza me lo acabé de creer: encontrar superioridad a través de cosas simples, como es pasar el balón, que es la idea básica con la cual nos hicimos futbolistas desde pequeñitos”.

"Cuando quiera, maestro… tira… tira… tira por favor… tira, tira, tira”.
(A Pep no le agarró un ataque ochentoso y se puso a cantar el hit de Miguel Mateos. No. Es que no acentuó la 'a' sino la 'i'. Y esa palabra, 'tira', resultó la que más pronunció en sus 70 minutos de exposición. Era para pedirle al operador de video, casi como un neurótico, que continuase proyectando las imágenes que utilizó para mostrar por qué cambió a Messi de 7 a 9. Y ahí es cuando uno se imagina al lírico de Pep encerrado en su despacho con 10 monitores, tirándose de los pelos que no tiene, a punto de ser llevado con chaleco de fuerza).

"Esto se hace con mucho esfuerzo, con mucho, mucho amor por este oficio, por el fútbol, por el juego en sí, y tengo un agradecimiento a toda la gente que me ha ayudado a entender esto, luego yo le pongo lo mío. Chicos, sean generosos, porque al final esto es en beneficio de este maravilloso juego que tanto disfrutamos y ojalá que los jugadores que he tenido la gran suerte de entrenar sean nuestros sucesores y puedan entrenar y dignificar este maravilloso juego”.
(Gracias por lo de “chicos”, Pep).

"No hay entrenador en el mundo al que le guste este juego y no trabaje, no creo que yo trabaje más que otros, pero no pensemos que los éxitos son directamente proporcionales a lo que uno hace. Y esto al final tampoco es trabajo, te gusta tanto que por eso lo haces”.

"Lo que me he creído de verdad, lo he aplicado y, si no me lo creía, no lo he aplicado, porque las cosas en el fútbol o se sienten o no hay libro posible que te lo pueda enseñar”.

"Cuando Masche se fue a Corinthians, hubo un contacto con River, pero yo ya estaba en las últimas, por lo que River acertó plenamente en no contratarme (risas)”.

"Masche es otra cosa cojonuda. A veces te llevas desilusiones con jugadores, son desilusiones entendibles porque ellos quieren jugar y tú no les metes. Por otro lado conoces gente que vale la pena. Yo tenía dudas en fichar a Masche, porque tenía a Keita y a Busquets, y con Tito (Vilanova) decíamos: ‘Es el capitán de la Selección Argentina, va a venir aquí y si no juega...’. Pero Masche es de otro espesor humano, como futbolista es fantástico y aparte es un sol, un sol de niño”.

"A mí me gustan los extremos que juegan de lateral, y me gustan mucho los mediocentros que pueden jugar de central. Para ser central necesitas más facultades que de mediocentro, porque debes mirar para atrás y Masche tiene esas facultades, esa tensión, esa voluntad de escuchar. Me apuesto lo que queráis que este será técnico, fija”.

"Hay muchos trabajos en el fútbol, pero al final son seis o siete normas, todo se produce en torno a esto, entonces hay que recordarles y que no se olviden. Fallar, fallamos todos, pero correr, esforzarnos, nadie se puede estaquear; los que se estaquean, se quedan afuera. Si hay 10 que corren y uno no, ese se sale solo”.

"No son tontos los futbolistas, son gente preparadísima, una gente que tiene la capacidad de jugar a un deporte tan difícil tiene que ser inteligente por narices. Hay que tratarlos como muy, muy inteligentes y capaces, e intuitivos, tienen todas las virtudes. Y hay que prepararse para las dudas que tengan y darles soluciones”.

"Minutos antes de terminar el primer tiempo me pongo a pensar qué he visto, qué se puede cambiar, luego hablo con mi gente. Tito ha sido una ayuda inmensa para mí. Hay que hacerlo rápido, la charla ahí es muy corta, indicaciones del tipo ‘nos estamos metiendo de prisa arriba’ o ‘hay que salir más por izquierda que por derecha’, lo que puedas”.

"La táctica se las doy a los futbolistas para que nos lleguen poco y encontrar posibilidades de pase para que en los últimos metros la gente de mayor desequilibrio haga el resto. La táctica es: mejor estar aquí, mejor defender allá, por derecha tendremos mucho espacio porque su extremo es un geta y no corre para atrás. La táctica es entonces qué hacen ellos y a partir de ahí adaptarse a los jugadores”.
(Confirmado: se fija mucho en el rival).


"Con Arrigo (Sacchi) coincido en casi todo. Fue un innovador, su equipo, un espectáculo. Al final nos queda la idea, lo único que vale la pena es la convicción de tener una idea clara de dónde agarrarte. Los jugadores no son tontos: si te ven dudar, te lo pillan al instante; y si a veces no lo tienes claro, no les hables, vete a tu casa y al otro día, cuando lo tienes claro, les hablas. Son intuición pura los futbolistas, huelen la sangre, cuando te ven débil, te clavan la espada”.
(Se siente observado por sus dirigidos, su sentido de la responsabilidad frente a ellos no le permite improvisar con argumentos endebles).

"Busco que las charlas técnicas sean lo más cortas posible. Hay días que duran 3 minutos y otras 25, no me pregunten por qué, quizás porque sientes que ese día tiene que ser corta, porque llevamos muchos partidos seguidos, porque vienes de muchas cuestiones tácticas”.

"A ustedes, los argentinos, les gusta hablar mucho, mucho de fútbol y en aquellas reuniones clandestinas con Jorge Valdano y Angel Cappa, a mí me avisaban para ir y yo quedaba anonadado”.

"La primera vez que vi a Leo (Messi) fue en una tienda de Nike, estaba con su padre. Lo saludé, él con su peculiar timidez. Yo no lo había visto nunca jugar, pero Tito me había dicho: ‘Tengo a uno que la rompe’. Luego lo vi y tenía razón, pero vamos, creo que fue Marcelo el que me dijo: ‘A los muy buenos jugadores los vemos todos, a los malos también los vemos todos, hay que encontrar a ese que no piensas’. Tito la clavó, pero a Messi lo veía hasta un ciego”.

"Leo agarró muy rápido el cambio de posición de la derecha al centro del ataque. Y si le pones de lateral izquierdo también lo agarra rápido. Leo es el mejor defensor que hay; cuando quiere quitar el balón, dice: voy a quitarte el balón, y te mata”.

"Nosotros hemos ganado mucho en el Barcelona, pero lo cierto es que no hubiéramos ganado tanto sin Leo. Tú puedes controlar todo esto, pero llega un balón, y él rodeado de cuatro la mete en la esquina, ¡ya me dirán qué influencia tengo yo en todo eso!” (risas).

"Definitivamente no he visto a uno igual a Leo. Es que los padres lo hicieron bueno. Yo soy contemporáneo de Maradona, es el ídolo de mi infancia, le veía jugar y… no me hagáis la pregunta tan original de quién es el mejor y tal cosa, siento que he tenido el gran honor y privilegio de coger una generación única y de haberlo entrenado a Messi”.

"Cuando Maradona se fue al Nápoli, yo llegaba con 13 años al Barcelona y no pude disfrutarlo, pero los residentes me contaban que no habían visto a nadie igual. Más tarde me encontré con Alexanco, que fue compañero suyo y luego mío, y me dijo que no había visto a nadie así en su vida, entonces los mitos y la comunicación verbal ayudan a todo esto, y finalmente vi lo que hizo en el Mundial de México”.

"Creo que nunca podría dirigir aquí, es impresionante la expectativa que despierto. Ni que hubiera inventado la sopa de ajo”.

"Que uno tome la decisión de dejar un club es mejor que cuando otros la toman por ti. Yo fui feliz en el Barcelona. Sin dudas que si no eres una buena persona, no ganas nada. Puedes ganar algo particular, pero no más. En el Barcelona tuve a grandes personas. Los jugadores que dirigí aman lo que hacen. Nunca perdieron la pasión que llevan desde niños. Nos fue bien porque dirigí a los profesionales más amateurs que conocí, pero es una etapa terminada. Uno nace, crece, se casa, tiene hijos y se hace mayor. Eso se acabó”.

"Yo no juego a la Play pero mi hijo sí, y le dije que el Messi de la Play jamás superará al real”.

"Vosotros tenéis una reputación de un poco exagerados, sois como sois, pero creo le han dado muchísimo al fútbol: de los 5 o 6 mejores jugadores de la historia, tenéis tres, habéis dado mucho, vuestra pasión por este juego se ve. Ah, les deseo lo mejor y muchas gracias”.
(No, Pep, gracia a vo’).

Por Diego Borinsky. Ilustración: Gonza Rodríguez.

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